Binary Land

Dicen que nada es imposible, pero hay cosas que lo son y siempre lo serán. Como, por ejemplo, coger un lápiz y dibujar un círculo en el sentido de las agujas del reloj y, al mismo tiempo, trazar otro, en sentido contrario con la pierna. Si en estos momentos estáis probándolo de nuevo y no sois capaces de aguantar más de un par de segundos, nada de enfados con uno mismo. La vida sigue.

Si por el contrario sois de los que manejáis el cerebro como nadie, enhorabuena. Binary Land es vuestro juego. Esta aventura, protagonizada por dos adorables pingüinos, puso a prueba la coordinación, puesto que el mismo jugador controlaba, simultáneamente, a ambos animales en dos recorridos. ¿El resultado? Uno de los juegos más originales de la década de los ochenta.

 

El duro camino a la puerta del amor

Ver como el destino ha separado a dos minúsculas criaturas que se quieren es duro. Es por ello que cualquier esfuerzo por juntarles es poco, aunque haya que enfrentarse a enormes arañas por el camino. Y aunque ese mismo camino en realidad sean dos laberintos, con sus tramos sin salida. Binary Land, título desarrollado por Hudson Soft y aparecido en NES en 1985, pone al jugador en la piel de Gurin y Malon, pingüino macho y pingüino hembra, respectivamente.

Binary Land NES

En cada uno de los niveles de los que se compone el juego, ambos empiezan su camino separados, pero compenetrados. Tanto es así que si queremos mover a Gurin hacia la derecha, Malon también se moverá (aunque a la izquierda) y, si la idea es disparar, los dos sacarán el arma. Un gran muro divide el escenario en dos mitades y solo se puede acceder a la otra parte por el hueco en la parte superior de la pantalla.

El objetivo es simple, pero difícil de llevar a cabo. Los dos protagonistas tienen que alcanzar el corazón que se encuentra arriba, justo en el centro. Para liberarlo de la jaula y que los dos muestren su amor a los cuatro vientos, es imprescindible que ambos lo toquen a la vez. Un capricho que aumenta la dificultad del juego, dado que no todos los escenarios son simétricos en sus dos partes. Una buena coordinación es la clave para llegar al final, algo que requiere de práctica, concentración y mente preparada para la resolución de puzles.

Binary Land juego

Por el camino del amor, hacen su aparición animales y criaturas empeñados en separarles a toda costa. Estos son arañas, pájaros y llamas de fuego andantes. Con un solo toque, uno de los amantes pierde la vida, al igual que el otro, al que ya no le merece la pena seguir. Sin embargo, si uno de los dos queda atrapado por una de las numerosas telas de araña que pueblan cada rincón, no todo está perdido. El otro pingüino puede acudir en su ayuda y rescatarle para que puedan continuar con su misión.

 

Tres dificultades y una única ventaja

Al igual que Binary Land puede ser considerado uno de los juegos más originales de la década de los ochenta, también es uno de los más difíciles y, con ello, de los más adictivos. Esta dificultad se debe a tres factores: tener que tocar el corazón al mismo tiempo para superar el nivel, los enemigos y trampas, que aumentan en cada escenario, y el tiempo. Por si no había suficiente con controlar a dos personajes y que se mantuviesen vivos, es necesario hacerlo antes de que se acaben los segundos y, precisamente, escasean.

Para compensar, cuenta con una ventaja que puede ser aprovechada. Los niveles están construidos por ladrillos, que crean caminos simétricos y no simétricos. Como es lógico, los simétricos solo aparecen al principio y, tras unos cuantos, encontramos auténticos laberintos. Por suerte, cuentan con pequeños huecos que pueden ser aprovechados para igualar la distancia de Gurin y Malon. Si uno va más adelantado que otro, siempre puede introducirse en uno de ellos para quedar bloqueado mientras el otro avanza.

Para completar el juego en su totalidad, se pueden emplear dos técnicas. La primera consiste en matar a todos los enemigos en la medida de lo posible, destruir los obstáculos e igualar a los protagonistas para que lleguen a la meta, sin más preocupación que el tiempo. La segunda (y menos recomendada) es planear el recorrido en unos pocos segundos y correr hacia el corazón como si no hubiera mañana. Aunque claro, esta última opción puede tener consecuencias nefastas para la humanidad…

Por el camino, hacen su aparición cajas con dibujos de violines, ballenas o cartas. El sentido no está claro, pero resultan muy útiles para ganar puntos. Binary Land cuenta con un marcador en la parte superior, que puede ir engordándose a medida que se recojan estos objetos, que se destruyan enemigos y obstáculos y en los niveles bonus. Es en estos donde, también en tiempo limitado, el pingüino macho tiene que rescatar a su amada y recoger corazones por el camino. ¡Toda una cursilería prueba de amor!

Binary Land es un juego que puede llevar a la desesperación, a sentirse inútil con uno mismo y a caer en una depresión temporal. Ya sabemos que no es muy atractivo si se mira de ese modo, pero sería un título merecedor de estar en los posavasos libros de 1001 videojuegos para probar antes de morir. Sus sencillos controles (los pingüinos solo pueden moverse y disparar) y su estética pixelada y simplona son la clave para dar el máximo protagonismo a una jugabilidad intensa, en la que cada error cuenta y en la que la coordinación entre los dos lados del cerebro es imprescindible. Todo a ritmo de un romántico vals a modo de banda sonora. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!