A Boy and His Blob Trouble Blobolonia nintendo

“¿Qué más te da?”. Para que luego digan que da igual escoger un caramelo de un sabor o de otro… Preferir uno de limón, de naranja, de fresa o de manzana entre los miles de la caja no implica ser delicado ni caprichoso. La prueba contundente es que ya hace muchos años que aprendimos que cada sabor podía tener sus propias cualidades. El de regaliz puede convertirnos en una escalera, el de frambuesa en un puente, un caramelo de mandarina se utiliza para ser un trampolín y uno de lima en una llave.

Vale, quizás a un humano normal no, pero sí a la masa de A Boy and His Blob Trouble on Blobolonia. Y si él puede transformarse comiendo un caramelo tras otro, nosotros merecemos intentarlo, ya sea zampándonos todos los que nos dé la gana o, al menos, dejándonos elegir nuestro favorito, sin ninguna pega, aunque se encuentre en el fondo de la caja.

 

Un único héroe: ¿el chico o la masa?

A Boy and His Blob: Trouble on Blobolonia es uno de los títulos retro más originales en cuanto a puzles se refiere. Aparecido en 1989 para NES (años más tarde contaría con una versión para Wii), se conformó como una aventura de puzles y plataformas. El objetivo era recoger todos los tesoros y rescatar al rey de Blobolonia, tarea que llevarían a cabo un chico y su masa, como su propio nombre indica.

A Boy and His Blob Trouble Blobolonia NES

Mientras que la misión del joven era lanzar las grageas adecuadas a su fiel amigo y silbarle para que le siguiera, la tarea de la masa consistía en transformarse en todo tipo de objetos, en función del caramelo que comiese. Así, ¿quién era el verdadero héroe del juego? Sin la inteligencia del chico para escoger el caramelo adecuado a cada situación y sin su buena gestión, no sería posible un final feliz. Tampoco si la criatura blanca hubiese renunciado a todo el esfuerzo que suponía convertirse en objetos para pisotear y utilizar a modo de escudo frente a los ataques.

Como el debate puede ser más eterno que preguntar si existió antes el huevo o la gallina, una servidora se queda con la masa como personaje clave. No es por menospreciar al chico ni a su capacidad para dirigir a su amigo, pero la criaturilla es la única que no pierde la sonrisa en toda la aventura y que acude fielmente con cada silbido. Y una cara feliz en un juego en el que no siempre se sabe qué hacer es un aliciente extra.

 

Un camino que parte del rincón más común

Como juego de puzles, no siempre resultaba sencillo encontrar el camino por el que continuar. A Boy and His Blob: Trouble on Blobolonia parte de una calle durante la noche, dejando atrás una enorme casa. Existían varias opciones: seguir hacia delante o bajar al metro por las primeras escaleras. Sin embargo, lo ideal era pararse unos segundos, probar qué ocurría con la masa al lanzarle cada caramelo y planear una buena estrategia.

Solo de esta forma era posible avanzar por el camino correcto. Al descubrir que nuestro amigo podía convertirse en una escalera con los caramelos de regaliz, ya sabíamos que podría ser útil para llegar a los lugares altos; transformarse en un hoyo con el ponche podría ser la clave para descubrir lugares subterráneos que no creíamos que existiesen; recurrir al sabor de mandarina para ser un trampolín y al de la cerveza sin alcohol para ser un cohete servirían para acceder a lugar aún más altos (o incluso a nuevos mundos); ser una pelota con forma de coco, gracias a los caramelos de coco, podría ser una buena forma de despistar a los enemigos.

A Boy and His Blob Trouble Blobolonia

Aunque en aspecto físico todos los caramelos eran iguales, contaban con su nombre y su función en la parte inferior de la pantalla. Sin embargo, esta función no se explicaba hasta que era lanzado hacia la boca de la masa, lo que obligaba a memorizar para qué era cada uno si no queríamos derrochar de más. Y es que no eran infinitos. El chico tenía un amplio inventario de los más utilizados sin nada que envidiar a un paquete de las grageas Bertie Bott, pero no tenía mucho del resto. Si no prestábamos atención podíamos gastar de más, al igual que si nuestra puntería no iba demasiado bien (para consuelo del jugador, que cayesen al suelo no siempre era culpa suya, dado que el chico no tenía una capacidad de movimiento muy precisa).

 

Oro, diamantes y más caramelos

A lo largo de la aventura, podíamos encontrar varios sacos con algunos caramelos extra, por si acaso, puesto que sin ellos nada tendría sentido. Pero lo verdaderamente importante era conseguir los tesoros, en forma de sacos de oro y de diamantes, que engordaban el marcador. La parte superior de la pantalla era la encargada de informarnos cuántos nos quedaban. Estos se repartían en el gran escenario del que se componía. Tenía diferentes pisos, pero no dejaba de ser uno solo, que englobaba calles, estaciones de metro, cuevas subterráneas y submarinas, prados y laboratorios.

A Boy and His Blob

Así, el jugador controlaba al chico, mientras que la masa se encargaba de seguirle en todo momento. Únicamente podía moverse hacia los lados y subir escaleras, aunque no siempre frenaba a tiempo. Una vez encontrada la solución a un puzle, el chico debía lanzar una gragea a su compañero y aprovechar su nueva forma.

Cuando ya no lo necesitaba, bastaba con silbar y el bichejo recuperaba su forma original. En ocasiones, podía ocurrir que el joven tuviese que silbar varias veces. No es cuestión de firmar una petición contra el maltrato psicológico a la masa, pero no siempre la paciencia era una acompañante del juego, por lo que tendíamos a olvidar que tenía que correr de un lado a otro y que su cuerpo no le permitía correr a la misma velocidad. Hablando de maltratos, no faltaron los enemigos ni los obstáculos.

Estos aparecieron en forma de serpiente saltarina o lluvia de pelotas y la mejor forma de esquivarlos era utilizar a la masa como paraguas o como coco. Aunque siempre se podía sacrificar la propia vida y aprender a valerse por uno mismo utilizando los reflejos. El protagonista podía morir con un simple roce de alguno de ellos o con una caída desde las alturas, pero a no ser que andásemos escasos de vida, siempre merecía la pena intentarlo.

A Boy and His Blob: Trouble on Blobolonia no fue un juego largo, puesto que una vez conocidos todos los secretos podía completarse en menos de una hora. Tampoco tuvo unos gráficos revolucionarios ni una música excelente, pero sí que se convirtió en una aventura que merece la pena jugarse al menos una vez en la vida, y no solo entre los amantes de los puzles y de los juegos retro. Hasta el final escondía numerosos secretos y aquellos caramelos que aparentemente no servirían para nada, tendrían su utilidad en los últimos momentos. Solo era cuestión de esperar un poco. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!