Clu Clu Land

¿Para qué puede querer un pez un centenar de lingotes de oro? Tal vez, en lo más profundo del océano aún sin explorar exista una especie de mercado, en el que los peces más pequeños puedan tener la oportunidad de comprar manjares cocinados a base de peces grandes o de realizarse tatuajes en la piel para convertirse en criaturas más vistosas.

El protagonista de Clu Clu Land lo tiene claro. Es un pececillo apasionado por el oro que no dudará en buscar todo el tesoro aún a riesgo de perder la vida por ataques de peces globo. No sabemos cuál es la finalidad de esta afición, pero una servidora ya no entrará en el mar con joyas de valor. No vaya a ser que este ser ande por ahí y se convierta en un animal aún más temido que el tiburón blanco…

 

¿Quién se entretiene creando formas con lingotes de oro?

Si ya de por sí resulta raro que el objetivo de un pez en la vida sea hacerse millonario, más lo es comprobar como algún otro ser ha colocado lingotes de oro de una manera estratégica en distintos escenarios. Estos crean diferentes formas simétricas, que pasan por corazones, árboles o submarinos. Pero a él debemos agradecerle la originalidad de Clu Clu Land.

Clu Clu Land Nintendo

Este juego vio la luz en 1984 y contó con versiones para NES, Game Boy Advance y Wii. Los colores de los escenarios y de sus protagonistas podían variar de una a otra, pero su esencia seguía intacta. Así, la misión del jugador era dar vida a un pequeño pez y encontrar todos los lingotes de un escenario, para poder obtener una buena puntuación y acceder al siguiente nivel. Pero con un pequeño problema: el oro era transparente.

¿Y cómo se encuentran los lingotes invisibles? Pues explorando cada rincón. Cuando el pez nadaba por encima de un lingote, este se volvía de su color. Además, a medida que se iban descubriendo, resultaba más sencillo saber donde se encontraban los restantes, puesto que siempre creaban formas simétricas. Así, la exploración es el elemento principal del juego. En el rincón menos pensado podía aparecer oro, por lo que en ocasiones no quedaba más remedio que recorrerse cada centímetro de nivel. Y, dado que se trata de una aventura de hace más de treinta años, bien podría considerarse uno de los primeros referentes del género.

Con el único objetivo de encontrar oro y aumentar el marcador de puntos, Clu Clu Land podría haber sido un juego sencillo. No nos vamos a engañar. No es que se fuese una aventura dificil ni imposible, pero tenía sus complicaciones. En primer lugar por esos enemigos que, aunque perdiesen la vida, resucitaban a los pocos segundos. En segundo lugar, por ese manejo tan “especial” del pez.

 

Camas elásticas y agujeros negros en mitad del océano

Encontrar los lingotes de oro invisibles no era la única manera de obtener una buena puntuación al final de la partida. El pez protagonista podía moverse a los lados y realizar ataques a base de ondas con los que dejar paralizados a los peces globo enemigos, que se empeñaban en acabar con su vida. Sin embargo, esto no significaba su muerte. Una vez paralizados, el jugador tenía que pasar por encima de ellos para hacerles desaparecer y conseguir unos cuantos puntos para el marcador. Estos volverían a aparecer al cabo de unos segundos, por lo que para superar récords antiguos, no había nada mejor que irse de pesca.

Clu Clu Land juego

A los peces globo se les sumaron los agujeros negros de tonalidad azul. Si el protagonista chocaba contra uno de ellos perdía una vida, al igual que un simple roce contra un pez globo. Los jugadores que optaban por conseguir el objetivo sin interactuar con los enemigos, lo tuvieron muy difícil en Clu Clu Land. Básicamente porque, al igual que los lingotes eran invisibles, también lo eran las camas elásticas. Estas pequeñas trampas también formaban parte del escenario una vez descubiertas y, si ya de por sí era algo complicado cogerle el truquillo al manejo del pez, más lo era esquivarlas o aprovecharlas para darse un empujoncito.

Los controles era muy sencillos: mover al pez hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba y hacia abajo y realizar el ataque de las ondas. Sin embargo, en las primeras partidas podíamos comprobar como era uno de esos juegos en los que el pececillo parecía ir por libre. Alrededor de los lingotes aparecen unas pequeñas bolitas que hacen girar y girar al protagonista, por lo que, la mejor opción era dejar de pulsar los botones para que siguiera en línea recta. Tras unos cuantos intentos, esta aventura quedaría completamente dominada.

Todos y cada uno de los niveles contaban con un tiempo límite. Por norma general, era más que suficiente para completar la misión, pero en ocasiones sí que podía suponer una presión añadida (sobre todo a los que acostumbraban a dar vueltas con tal de huir de los enemigos). Los objetos y los bonus ya no eran tan habituales. Los primeros, en forma de alimentos o de reloj, servían como ventaja frente a los malvados peces o para añadir tiempo. Por su parte, los niveles bonus tenían como objetivo hacer ganar puntos al jugador, aunque contaban con una dificultad considerable.

Este juego con título de secta y con una melodía más que feliz, gozó de una gran popularidad, justificada por su original, por su sencillez y por ser una aventura de habilidad por excelencia. Fue difícil no cogerle cariño al animal (aunque se llevase más insultos que halagos), aunque su principal atractivo fue su modalidad para dos jugadores, con pez rojo y pez verde, respectivamente. En ella, dos amigos cooperaban para hacerse con los lingotes y superar un nivel, pero sin olvidar la competición. Una vez completado el escenario, se comparaban las puntuaciones de ambos, como resultado del número de lingotes obtenido por cada uno y de los enemigos asesinados. La parte negativa era que, una vez jugado en su modo multijugador, las partidas individuales perdían toda su gracia. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!