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Ayer mismo leía un comentario a través de Facebook del escritor de Las Piedras de Chihaya, Sergio Vega, al que ya tuvimos el placer de conocer, tanto en la presentación que realizó de su obra en la librería Haiku, como en la posterior entrevista que tuvimos con este sensacional autor, y mejor persona. En sus líneas Sergio lanzaba un grito al viento, un quejido en forma de murmullo que se disolvió en la gran red de redes, y a través del cual mostraba su añoranza por Japón ¡Qué sentimiento tan compartido! Fue entonces cuando una pregunta azotó mi mente ¿Qué es lo que tiene ese país? ¿Por qué crea una adicción tan grande por regresar, un ansia tan intensa por volver a ver sus parques, sus templos, sus casas?… ¿Por qué nos fascina tanto Japón? 

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Japón es un país que ejerce sobre muchos de nosotros una atracción que dista mucho de la admiración que podamos sentir hacia otros países o culturas totalmente diferentes a la nuestra. Egipto, pese a tener las misteriosas pirámides, enormes símbolos de una civilización tan apasionante como desconocida para el común de los mortales, nunca ejercerá en nosotros el mismo poder de atracción que los diminutos templos sintoístas japoneses. Las grandes obras de Picasso, Goya o Van Gogh no nos inquietarán de la misma forma que lo hacen los cuadros de yûreis de ukio-e de la era Edo o los famosos lienzos de Hokusai; ni siquiera las estatuas de la Isla de Pascua, con su enorme rostro mirando al infinito en una larga espera sin final definido, serán comparables con la majestuosidad del Daibutsu de Nara, meditando eternamente bajo la atenta mirada y cuidado de los ciervos de la ciudad, leales e incansables guardianes de su suerte.

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Muchos considerarán estas líneas un auténtico sacrilegio, sin embargo, no podrían ser más sinceras mis palabras. Es de justicia recalcar que esa fascinación no está, ni nunca debe de hacerlo, ligada con la ceguera. Japón es un país fascinante, sí, pero no por ello es perfecto a nuestros ojos. Sus manchas negras no son pocas, ni pequeñas: la caza de ballenas, el machismo conservador y la autodestrucción por la presión de una sociedad tan asfixiante como empática, son solo algunas de las oscuras sombras que se ciernen sobre el país. Pero… ¡Ahhh! Todo ello no frena nuestras irresistibles ganas de aprender más y más sobre su cultura, de conocer sus leyendas, sus costumbres y querer perdernos entre esas diminutas callejuelas que tantas emociones nuevas nos pueden ofrecer.

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Entonces, ¿será por la novedad que nos fascina tanto Japón? ¿La emoción de ver y sentir cosas diferentes? Japón es una cultura única, sus paisajes chocan frontalmente con todo lo que podemos ver, sentir y oler en los países europeos y el contraste de las tradiciones con la más puntera tecnología está omnipresente en las ciudades más pobladas del archipiélago; la comida es totalmente diferente a nuestra dieta mediterránea, con recetas y alimentos que deleitarán nuestro paladar en una explosión de sabores desconocidos hasta el momento… Sin embargo, esa no es la razón de nuestra fascinación por Japón, puesto que no importa cuántas veces camine entre los templos de Ueno, cuantas tardes de compras pase por las bulliciosas tiendas de Akihabara o cuantos templos, perdidos entre los rincones más recónditos de las ciudades, visite. No importa cuánto descubra, pues siempre querré más. Siempre estará en mí esa ansia por el retorno, por el reencuentro con viejos paisajes ya conocidos y el entusiasmo, casi infantil, de pensar en todos los que aún están por conocer. Por encontrar esa pequeña parte de mí que se perdió, ya hace mucho tiempo, en algún lugar de Japón y que no quiere ser hallada.

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Tendré que regresar, una vez más, para ver si puedo encontrar una respuesta a la altura de tan difícil pregunta.