Presentando al mal

La trayectoria de Blizzard como estudio desarrollador de videojuegos ha estado plagada de éxitos desde sus orígenes en 1991, con el lanzamiento de títulos como The Lost Vikings oRock N’ Roll Racing. No obstante, fue a partir de 1994 cuando comenzaron a convertir todo lo que tocaban en oro. Primero con el mítico juego de estrategia Warcraft, pero sobre todo con la franquicia Diablo, título de rol y acción que sentó las bases de un género al que muy pocos han podido hacer frente. Tampoco podemos olvidarnos de Starcraft, con sus millones de seguidores. Tres franquicias, tres universos, eso es “todo” lo que nos ofrece Blizzard. Pero cualquiera que les de una oportunidad se dará cuenta de que puede estar inmerso en ellas durante incontables horas días e incluso años, ya sea o en el mundo de Azeroth, o enfrentando por enésima vez a TerransProtoss y Zerg, o masacrando hordas de monstruos en las ruinas de un monasterio.

Con el esperadísimo estreno mundial de Diablo III a día de hoy, 15 de mayo, qué mejor tributo podemos rendirle en Tallon 4 que recordar al primer Diablo, un título que no contó con el gigantesco boom de su segunda parte, pero que sentó las bases de lo que hoy muchos esperan como locos. El nacimiento de la épica epopeya contra el Señor del Terror y sus hermanos se encuentra hoy en retromanía.

El nacimiento del mal

El planteamiento de la saga Diablo no es nada novedoso (no lo era ni por aquel lejano 1996), sino que tomaba como fuente de inspiración a clásicos como GauntletAngband y Moria y aplicaba su misma fórmula: Encarnamos a un héroe de fantasía medieval (a escoger entre varios) y tenemos que luchar contra cantidades ingentes de monstruos que nos asediarán por todas partes en mazmorras aleatorias, a la vez que conseguimos todos los tesoros y puntos posibles. Con tan manida fórmula, nadie era consciente de que Blizzard iba a sacudir los cimientos de la industria del videojuego una vez más (tiempo atrás realizó lo mismo en el campo de los RTS gracias a Warcraft, aunque aquí tuvo que competir durante años conWeestwood Studios, creadores de Command & Conquer y Dune). Sin embargo, si hoy llamamos comúnmente a estos juegos “estilo Diablo” por algo será.

El desarrollo de la saga ha recaído siempre sobre el estudio Blizzard North. Estos californianos, capitaneados por Bill Roper, Chris Metzen y Eric Sexton entre otros, combinaron de manera sobresaliente la sencillez de los juegos de acción (gracias a un sistema de combate en tiempo real, obviando así a los tradicionales turnos del género), con una historia oscura llena de detalles, y un nivel de personalización para nuestros héroes muy alto para la época (no en lo referido a su creación, sino a la cantidad de equipo que podíamos conseguir).

Sin embargo, el éxito y difusión de Diablo no se puede explicar sin la creación, en enero de 1997, de Battle.net, el sistema de juego en línea de la compañía. Gracias a este añadido, hasta cuatro jugadores podían hacer frente a las huestes demoniacas, redefiniendo el género de una manera nunca vista hasta entonces, pues el jugador ya no estaba solo en su adictiva cruzada contra el mal, lo que convirtió al título en un auténtico fenómeno de masas.

Una historia rica en detalles

Reconozcámoslo, cuando jugábamos a Diablo, muchos no prestamos la mínima atención a la historia que nos contaban los personajes o a los mohosos libros que podíamos leer en destartaladas librerías. Y si veíamos las escenas de vídeo era porque nos asombraban por su espectacularidad. Tampoco podemos olvidar que el título nos llegó íntegramente en inglés, lo que hizo que muchos pasaran directamente de enterarse de nada y aprender únicamente a manejar su personaje.

Es cierto que la salsa del título está en su adictiva jugabilidad, tal y como acabamos de describir, pero Diablo cuenta con una historia elaborada a partir de mitos medievales y judeocristianos, que nos atrapará en cuanto le demos una oportunidad. La cruenta guerra entre los Ángeles contra los tres demonios mayores, Diablo, Baal y Mefisto, terminó con estos últimos encerrados en unos artefactos mágicos las Piedras del Alma, ocultas en los lugares más inhóspitos del mundo de Santuario para evitar que su maligno poder volviera a propagarse. Sin embargo, como era de esperar, no todo sale bien, pues la influencia de Diablo va más allá del entendimiento de los mortales, y muy pronto corrompió la mente del arzobispoLázarus, consejero real del sabio rey Leoric de Khanduras para que provocara la demencia del monarca. Este, condenó a gran parte de su ejército a morir en una cruenta guerra contra un país vecino, para luego terminar desangrando a su propio reino en una inútil cruzada en busca de su hijo desaparecido, el príncipe Albrecht, oculto por el propio Lázarus. Como era de esperar, tal expedición resulta ser un fracaso, arrastrando al monarca y a sus caballeros a la condena eterna en el infierno.

Ante esta demencial situación, los habitantes de Tristán (la capital del reino), dirigidos por el sabio Deckard Caín, solicitaron el auxilio de los héroes de Santuario para protegerles del mal que se cernía sobre ellos, pues el demente arzobispo se había adentrado en los niveles inferiores de la catedral de la ciudad para realizar un ritual que terminaría con el renacimiento físico de Diablo en el cuerpo del desgraciado príncipe.

Y aquí es donde los jugadores entran en acción, debiendo escoger entre los siguientes personajes: la Arpía de la orden del Ojo Ciego, experta en el manejo de arcos y armas de largo alcance, uno de los pocos Guerreros que quedan en el reino, muy ducho en el combate cuerpo a cuerpo y en el uso de armaduras pesadas, o un poderoso Hechicero de la orden de los Vizjerei.

Como podemos ver, cada personaje en Diablo cuenta con su propia especialización, pero al contrario que en su secuela y en la mayoría de títulos del género, podemos enseñarles algunos elementos de las otras clases. No resultaba raro encontrarse con un Guerrero que lanzaba bolas de fuego, o con una Arpía o Hechicero que tenían que utilizar una espada si los enemigos se acercaban demasiado a ellos. Jamás resultarían muy duchos con este tipo de armas, pero era un añadido interesante si queríamos crear una especie de “personaje híbrido“.

El triunfo del mal

Para explicar por qué Diablo fue, es, y seguirá siendo, un juego tan especial es preciso preguntarse lo siguiente: ¿cuántas horas le dedicaste en su día? Es cierto que cada jugador es un mundo, pero estamos seguros de que muchos han pasado fácilmente de las cien horas combatiendo en la catedral de Tristán. Todo ello es “culpa” de esa apuesta directa por laacción desenfrenada compaginada con la variedad de opciones de combate de cada héroe, fomentando un estilo de juego que precisamente hoy mismo sigue resultando tan fresco como hace 16 años, y eso es todo un logro.

La generación aleatoria de escenarios, enemigos y objetos especiales fue desde un principio seña de identidad de la saga, aumentando su rejugabilidad hasta el infinito, potenciando las ganas de adentrarse en ese descenso (literal) hacia el lado más oscuro de Tristán, ya que cada partida era siempre diferente, y en función de los enemigos y la disposición del escenario, teníamos que replantearnos constantemente la estrategia de combate.

Y por último, si contábamos con el apoyo de tres amigos más, la diversión alcanzaba cotas inimaginables, solo superadas por Diablo II (y seguramente también por su tercera parte). Los conocidos niveles de dificultad Normal, Pesadilla Infierno ya hacen acto de presencia aquí, pero solo para el modo multijugador. Mientras que el primero proporcionaba un reto asequible a todo el mundo, el segundo ya eran palabras mayores, pero la gota que colmaba el vaso esInfierno, dificultad en la que si moríamos se terminaba el juego. Esta desproporcionada característica se suavizó en Diablo II, reduciéndose a una drástica (pero no mortal) pérdida de experiencia.

Muchos han sido los juegos que tratado de sacar tajada del éxito de Diablo, y muy pocos los que han logrado hacerle un mínimo de sombra, siendo el primer Sacred Titan Quest las mejores réplicas de la joya de Blizzard.. Esto puede explicarse gracias a enfermiza atención por el detalle que Blizzard acostumbra dotar a todos sus productos, creando enemigos memorables como el Carnicero, (seguramente más de uno dio un bote en el asiento la primera vez que lo vio), el Rey Leoric (reconvertido en un esqueleto gigante), el arzobispoLázarus, y como no, Diablo. Todo ello sin olvidarnos de un ingente bestiario que empieza por los típicos diablillos, zombis y esqueletos, pasando por súcubos, machos cabríos (semejantes a los Hombres Bestia de Warhammer Fantasy), el ejército caído de Leoric y más seres de pesadilla que es mejor que descubráis por vosotros mismos.

A todo ello había que sumarle un potente apartado gráfico (para la época) y un apartado sonoro bastante macabro que rompían con la tónica habitual del género, para dar lugar a un mundo decadente que parece estar en agonizando.

El legado del mal

Puede que Blizzard no haya inventado nunca nada nuevo con sus títulos, pero hay que reconocer que son expertos en crear nuevas tendencias de juego que parten de una base clásica ya asentada, a la vez que se convierten en uno de los principales estándares a seguir por parte del resto de estudios.

Y aunque gran parte de la masificación del fenómeno “Diablo” tuviera lugar a partir de su secuela al añadir muchas más opciones y contenidos jugables, el mérito lo tiene el título que hoy reseñamos por haber logrado crear un subgénero de RPG que actualmente es uno de los más exitosos, ya no solo en PC, sino también en consolas gracias a las a las plataformas de distribución digital.

Y hablando de consolas, ¿veremos Diablo III en Playstation 3 o Xbox 360? Los rumores respecto a este tema nos han invadido casi desde el primer momento, pero no sería algo descabellado, puesto que el primer Diablo contó con una versión para PSX (bastante olvidable) y un prototipo para ni más ni menos que la primera Game Boy.

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El propio Diablo contó con una expansión 1997, Hellfire, realizada por Sierra y por Synergistic Software. Esta expansión se situaba justo después del juego original y nos presentaba a un hechicero que rondaba por Tristán y que pretendía invocar a un nuevo demonio: Na-Krull. Sin embargo, Blizzard no la tuvo en cuenta argumentalmente para Diablo II por el simple hecho de estar situada justo después del final del primer juego y con los mismos héroes del original, algo prácticamente imposible para todo conocedor de la saga Diablo. Pese a todo, Hellfire sí que cuajó a nivel jugable para Diablo II, pues introdujo los niveles de dificultad en el modo de un jugador, los personajes podían correr ahora por la ciudad, se introdujeron nuevos hechizos y pisos a la catedral, y lo más importante: una nueva clase, el Monje, que como todos sabréis, hace acto de presencia en Diablo III. Hellfire también incluía dos clases inacabadas: el Bardo y el Bárbaro (siendo este último el precursor del personaje que todos conocemos), disponibles solo si modificamos un fichero de texto en el directorio donde esté instalado el juego.

¿Y qué pasó con los héroes originales de Diablo tras su lucha con el Señor del Terror? La respuesta a este interrogante se halla en su secuela, pero puede que lo que encontréis no os guste, puesto que hacer frente al Infierno tiene un alto precio.

¿Y cómo podéis conseguir una copia de Diablo actualmente? Lo cierto es que es una tarea casi titánica, puesto que a diferencia de Diablo II, disponible aún a día de hoy en físicamente, y a través de la tienda online de Battle.net, el juego que dio origen a todo no se encuentra disponible ni en formato físico ni en plataformas de distribución digital. La única esperanza que tenemos es que Blizzard siga los mismos pasos que efectuó con el primer Starcraft, y a lo largo de los primeros meses de vida de Diablo III,  ponga a disposición de los usuarios la opción de comprar el original a través de Battle.net.

Sin embargo, si ya contáis con una copia física del juego, este aún puede funcionar en equipos modernos (con Windows 7) ejecutándolo con compatibilidad para Windows XP. Y aunque los jugadores pasarán meses con el título que se estrena hoy, tampoco está de más volver a ser testigos de la primera gran guerra de la humanidad contra el Infierno. El mal ha vuelto, y se merece una calurosa bienvenida. ¡Feliz día de Diablo a todos!

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